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EL PELIGRO DE TOCAR

​Por Josecarlo Henríquez

A veces pienso en los días posteriores a la cuarentena. Cuando digan que la curva va en descenso. Pienso después de esos días incluso en que la gente haya vuelto a las revueltas en la calle, pienso en cómo nos tocaremos. No digo que haya dificultad para tocarnos –al contrario-, pero me pregunto cómo nos tocaremos después de una pandemia mundial que nos suprimió la posibilidad de contacto físico durante varios meses. Las paranoias de un posible contagio, los ecos de una psicosis colectiva por la desinfección, el control militar y el estado empresarial endeudándonos por la inminente enfermedad en tiempos de convulsiones sociales y pandemias.

¿Cómo nos enfrentaremos a la orgía lxs trabajadorxs sexuales? La fiesta lujuriosa se ve completamente amenazada con la nueva cultura de la desinfección que se impone a propósito del COVID-19. No basta con el VIH que ya estaba siendo una pandemia en Chile con un gran aumento de seropositivos. Ahora se torna mucho más complejo el panorama en distintas dimensiones del trabajo sexual y comercio erótico. Muchas personas no logran disfrutar con el sexo virtual y los encierros pueden resultar angustiantes. Necesitas tocar, oler, saborear otras carnes, abrazar pieles y dejarte frotar por sus sudores y alientos. Los besos ¿Qué pasará con los besos?

Quizás también será una cuestión ética. La moral y la ética difuminadas respecto al contagio, a la “responsabilidad colectiva” de no expandir el virus. Se supone que estamos modificando nuestros comportamientos con esta crisis sanitaria del coronavirus. Se supone que estamos viviendo una especie de reconfiguración, programaciones y desprogramaciones psico-sociales. Se acentúa aún más el régimen farmacopolítico.

Devendremos cuerpas en medicación continua, si es que ya no lo somos. Medicamentos para prevenir enfermedades y medicamentos para mantenerse en la enfermedad crónica. La guerra del poder farmacológico. Los antídotos del “imperio norteamericano” versus los antídotos del “imperio comunista”.

Seguramente no será descabellado imaginar un incremento de la culpa y la vigilancia. La policía sexual y del comportamiento “correcto” en una sociedad shockeada por un virus desconocido. Reconfigurándose las metodologías de vigilancia y auto-castigos por tocar demasiado, por no desinfectarse lo suficiente. Urge que vivamos estos días de paranoia global en grupos de confianza y afectos. No solo por una cuestión emocional urge, sino que también y, sobre todo, por una cuestión política. Nos están desarmando de los vínculos confiables provocando duda de sobrevivencia a cada instante, en cada cruce social. Nos están angustiando lo suficiente como para que necesitemos autoridad, para rogar su protección, para que pidamos más policías y militares en las calles y nos “resguarden” del contagio. No sucumbamos a su alarmismo desinformativo y reafirmemos aún más lo que estábamos teniendo claro en los días de revuelta social: que los poderosos son unos sociópatas disfrutando nuestras torturas y enfermedades, que son sólo empresarios rapaces al mando de un país, que caerán de la peor forma por la soberbia de mantenerse en el poder. Nos están cagando nuestra intimidad de los tactos y más encima nos quieren engrupir con sus terrorismos mal montados. Para los fascistas del gobierno este es el momento perfecto para castigarnos por demasiado rebeldes, por muy inoportunas tomándonos las calles.

No nos queda otra más que agenciarnos de la pandemia para reconfigurar nuestra resistencia y las nuevas formas de protestas en tiempos de hipervigilancia virulenta. Eso, además de ensayar y aprender inter-conexiones de comunicación para no perder el estímulo del “pensamiento hablado”. Aislarse no es la solución, no al menos entendida socio-culturalmente. La cultura del aislado es la que refuerza un neoliberalismo hiper-subjetivo; nosotras debemos porfiar en las manadas trans-colectivas aunque sea en inter-conexiones cibernéticas. Si nos quieren mantener asustadas en nuestro encierro, sigamos en cuarentena pero no asustadas, sino insolentemente presentes en la web, en los tráficos de informaciones, en las ciber-culturas. Así contaminaremos como otro virus la red que nos quede para sociabilizar. Ya estamos en la era cyborg, asumamos que ya somos ese devenir tecno-orgánico, pero tan rabiosas y organizadas como en la revolución de los cuerpos, cuando salir a la calle no era tan apocalíptico.
Artículo
30/04/2020
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Josecarlo Henríquez
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Prostituto, escritor y activista sexodisitentde chileno. Es autor del libro #SoyPuto y el sitio web El Blog del Puto.
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